hongos entre alerces
Una investigación científico-ciudadana encabezada por César Marín y Rocío Urrutia, impulsada por Fundación Rewilding Chile y CONAF, estudió muestras de suelo bajo 40 alerces del sector Rodal de Alerces–Laguna Sargazo. Los primeros datos entregados a la comunidad muestran una sorprendente diversidad de hongos, relaciones ecológicas milenarias y señales tempranas de amenazas invisibles para el bosque.
Bajo los alerces del Parque Nacional Alerce Andino existe un mundo que no se ve a simple vista. No está en las copas, ni en los troncos monumentales, ni en los senderos que recorren visitantes y guías. Está bajo nuestros pies: en el suelo, entre raíces, hongos, microorganismos, materia orgánica y pequeñas huellas genéticas que comienzan a revelar una historia mucho más compleja de lo que imaginábamos.
Una reciente investigación de carácter científico-ciudadano utilizó tecnología de ADN ambiental para estudiar la biodiversidad fúngica asociada a los alerces del parque. El trabajo fue encabezado por los especialistas César Marín y Rocío Urrutia, impulsado por Fundación Rewilding Chile y CONAF, con participación de guías locales del Parque Nacional Alerce Andino, miembros del Consejo Participativo y personas vinculadas al territorio.
El muestreo se realizó en el sector Rodal de Alerces, área Laguna Sargazo, donde se tomaron muestras de suelo bajo 40 alerces diferentes. Cada árbol fue georreferenciado y se midió su diámetro, permitiendo relacionar el tamaño de los ejemplares con las comunidades de hongos presentes bajo sus raíces.
Los primeros datos entregados a la comunidad corresponden a 18 árboles y forman parte de resultados que próximamente serán publicados. Aunque se trata de información preliminar, los hallazgos ya permiten comprender mejor la enorme vida invisible que sostiene a los bosques de alerce.

ADN ambiental: leer las huellas invisibles del bosque
El ADN ambiental es una tecnología que permite detectar organismos a partir de rastros genéticos presentes en el suelo, el agua u otros ambientes. En este caso, las muestras fueron tomadas directamente desde el suelo bajo alerces del parque.
Esta metodología es especialmente valiosa porque muchos hongos no son visibles durante gran parte del año. Algunos no producen “callampas” o cuerpos fructíferos fácilmente observables; otros viven bajo tierra o solo pueden identificarse mediante análisis genéticos.
Por eso, el ADN ambiental permite ampliar enormemente la mirada científica. No reemplaza completamente otros métodos tradicionales, pero permite descubrir una parte del bosque que antes permanecía oculta.
Dicho de forma simple: el suelo guarda una memoria biológica del bosque. Y esa memoria puede ser leída.
De 6 especies conocidas a 150 taxones detectados
de los hallazgos más impactantes es la diferencia entre lo que se conocía mediante métodos tradicionales y lo que permitió revelar el ADN ambiental.
En estudios previos basados en la observación morfológica de esporas, se habían identificado cerca de 6 especies de micorrizas arbusculares asociadas a bosques de alerce. Sin embargo, mediante ADN ambiental se detectaron cerca de 150 taxones de micorrizas arbusculares.
El salto es enorme. No significa que esa biodiversidad haya aparecido de pronto, sino que ahora existen herramientas más precisas para observarla.
Además, los antecedentes compartidos indican que en una sola parcela se detectaron alrededor de 1.974 especies de hongos en total, considerando micorrizas, descomponedores, parásitos, simbiontes y otros grupos funcionales.
Este resultado muestra que el bosque de alerce no solo es valioso por sus árboles milenarios. También es un reservorio de biodiversidad microscópica, invisible y todavía poco conocida.
El alerce y sus antiguos aliados subterráneos
El alerce, Fitzroya cupressoides, se asocia principalmente con micorrizas arbusculares, una de las relaciones simbióticas más antiguas entre plantas y hongos. Este tipo de asociación existe desde hace más de 400 millones de años, cuando las primeras plantas comenzaron a colonizar ambientes terrestres.
En esta relación, el árbol entrega carbono al hongo, producto de la fotosíntesis. A cambio, el hongo ayuda a la planta a obtener agua y nutrientes del suelo, como fósforo, nitrógeno y minerales. También puede contribuir a la protección frente a sequía, patógenos o condiciones difíciles del suelo.
Las micorrizas arbusculares forman estructuras internas llamadas arbúsculos, donde ocurre el intercambio de nutrientes, y vesículas, que funcionan como estructuras de almacenamiento.
Así, el alerce no crece solo. Bajo tierra mantiene una alianza con hongos que cumplen un rol clave para su nutrición, resistencia y desarrollo.
Un bosque con distintas redes de hongos
Aunque el alerce se asocia principalmente con micorrizas arbusculares, el bosque del Parque Nacional Alerce Andino contiene distintas formas de relación entre plantas y hongos.
En el sendero al Alerce Milenario se han identificado alrededor de 30 especies de plantas vasculares. La mayoría de ellas se asocia con micorrizas arbusculares, pero no todas siguen el mismo patrón.
Dos especies de Nothofagus, Nothofagus nitida y Nothofagus betuloides, se relacionan con hongos ectomicorrícicos, un grupo distinto que forma estructuras como el manto alrededor de la raíz y la llamada Red de Hartig, donde ocurre el intercambio de nutrientes.
También existe el caso de Chloraea sp., una orquídea con micorrizas orquidoides, mientras que otras seis especies registradas no presentarían asociación micorrícica conocida.
Esto demuestra que el suelo del bosque no contiene una sola red, sino varias formas de vida subterránea conviviendo al mismo tiempo.
Ectomicorrizas: otra diversidad oculta del parque
Aunque el alerce se asocia con micorrizas arbusculares, el ecosistema también alberga una importante diversidad de hongos ectomicorrícicos, especialmente por la presencia de especies como los Nothofagus.
En las 18 muestras analizadas se detectaron 74 taxones ectomicorrícicos. Entre los géneros más abundantes aparecen Cortinarius, Tomentella, Austropaxillus, Clavulina y Suillus.
Las ectomicorrizas son evolutivamente más recientes que las arbusculares. Mientras las micorrizas arbusculares se remontan a unos 407 millones de años, las ectomicorrizas habrían aparecido hace aproximadamente 150 millones de años. A nivel global, las primeras reúnen alrededor de 370 especies conocidas, mientras que las ectomicorrizas alcanzan cerca de 20.000 especies.
Esta comparación muestra dos historias evolutivas distintas conviviendo bajo un mismo bosque: una simbiosis ancestral vinculada al alerce y otras redes fúngicas asociadas a especies acompañantes del ecosistema.
Alerces milenarios: refugios de biodiversidad invisible
La relación entre el tamaño del alerce y la diversidad de hongos no es lineal. Es decir, no basta con afirmar que los árboles más viejos tienen simplemente más o menos hongos. La respuesta depende del tipo de hongo observado y de la etapa de crecimiento del árbol.
En términos generales, los alerces más grandes y antiguos tienden a funcionar como refugios de biodiversidad fúngica total. Bajo ellos se concentran micorrizas, hongos descomponedores, simbiontes, parásitos y otros organismos del suelo.
Los ejemplares milenarios no son solo monumentos naturales visibles. También pueden ser centros de vida subterránea que han tardado siglos en formarse.
La madurez del bosque, su aislamiento y la estabilidad de sus condiciones ecológicas permiten que estas comunidades de hongos se desarrollen, se diversifiquen y cumplan funciones clave en el ecosistema.
Menos especies, más especialización: el matiz inesperado
Uno de los hallazgos más interesantes es que, en árboles de tamaño intermedio a grande, particularmente entre 40 y 110 centímetros de diámetro, se observó una relación negativa entre el tamaño del árbol y la riqueza de micorrizas arbusculares.
Esto significa que, dentro de ese rango, árboles con mayor diámetro y biomasa pueden presentar una menor cantidad de especies de micorrizas arbusculares.
A primera vista, esto podría parecer una pérdida de diversidad. Sin embargo, la interpretación ecológica es más compleja. Una hipótesis es que, a medida que el alerce madura, su relación con ciertos hongos se vuelve más eficiente y especializada.
En otras palabras, el árbol podría ir “seleccionando” a sus socios fúngicos más útiles, manteniendo relaciones más estables y funcionales.
La idea es clave: en biología, más especies no siempre significa una mejor relación ecológica. A veces, una comunidad más especializada puede indicar una simbiosis más eficiente.
El suelo también decide: fósforo, carbono y nitrógeno
Los resultados también muestran que las condiciones químicas del suelo influyen en la diversidad de hongos.
Uno de los elementos importantes es el fósforo. A nivel global, se ha observado que cuando el fósforo disponible en el suelo aumenta, las plantas pueden depender menos de sus hongos micorrícicos para obtener este nutriente. Por eso, una mayor disponibilidad de fósforo puede relacionarse con una menor riqueza de micorrizas arbusculares.
También aparece como relevante la relación entre carbono y nitrógeno del suelo, conocida como relación C/N. Esta puede influir en la forma en que se estructuran las comunidades fúngicas.
Esto refuerza una idea central para la conservación: alterar el suelo, modificar sus nutrientes o intervenir sus condiciones naturales puede afectar relaciones invisibles que sostienen la salud del bosque.
Taxones oscuros: vida que la ciencia aún no puede nombrar
Otro hallazgo fascinante es la presencia de secuencias de ADN que no coinciden con ninguna clasificación conocida. Estos organismos son parte de lo que la ciencia llama “taxones oscuros”.
Se trata de organismos detectados genéticamente, pero que todavía no han sido descritos o clasificados con precisión. Algunos podrían corresponder a especies nuevas. Otros incluso podrían representar grupos mayores de hongos que la ciencia aún no conoce bien.
Este punto muestra la enorme brecha de conocimiento que todavía existe sobre la biodiversidad fúngica de Chile.
El Parque Nacional Alerce Andino no solo conserva especies conocidas. También podría proteger formas de vida que recién comenzamos a descubrir.
Suillus: una amenaza invisible detectada a tiempo
La investigación también permitió detectar ADN del hongo Suillus, incluso en lugares donde no se observaban callampas o cuerpos fructíferos visibles.
Este dato es especialmente relevante porque Suillus es un género de hongos ectomicorrícicos asociado principalmente a pinos exóticos. No ataca directamente al alerce como una enfermedad, pero puede facilitar la invasión de pinos al crear en el suelo condiciones favorables para que estas especies encuentren un socio compatible.
En términos simples, el hongo puede llegar antes que el pino visible.
Por eso, detectar ADN de Suillus en el suelo funciona como una alerta temprana. Permite reconocer amenazas antes de que sean evidentes para visitantes, guías o guardaparques.
Descomponedores: los recicladores del bosque antiguo
Los bosques de alerce producen una hojarasca dura, que puede tardar mucho tiempo en degradarse. Hojas, ramas y restos vegetales se incorporan lentamente al suelo.
En este proceso, los hongos descomponedores cumplen un rol fundamental. Son los encargados de reciclar materia orgánica, liberar nutrientes y mantener activo el ciclo de vida del bosque.
Sin ellos, la materia muerta se acumularía sin volver adecuadamente al suelo. Por eso, los descomponedores no son organismos secundarios: son parte esencial del funcionamiento del ecosistema.
En un bosque milenario, descomponer también es conservar.
Bioseguridad: un pequeño gesto, un gran impacto
Los hallazgos de esta investigación refuerzan una idea urgente: proteger el Parque Nacional Alerce Andino también significa cuidar el suelo.
El barro adherido a zapatos, bastones, herramientas, bicicletas o vehículos puede transportar semillas, esporas, hongos y otros organismos microscópicos. Aunque no los veamos, pueden moverse entre ecosistemas y generar impactos.
Por eso, la bioseguridad debe transformarse en una práctica habitual para visitantes, guías y equipos de trabajo.
Algunas medidas simples pueden ayudar:
Limpiar el calzado antes de entrar y al salir del parque.
Retirar barro, semillas y restos vegetales.
Caminar solo por senderos habilitados.
No transportar tierra, hongos, ramas ni plantas.
Respetar la señalética y las indicaciones de guardaparques.
La prevención es clave porque, una vez que ciertas especies invasoras o patógenos se establecen en el suelo, puede ser muy difícil o imposible eliminarlos.
Ciencia con y para la comunidad
Uno de los aspectos más valiosos de esta investigación es su dimensión comunitaria. No se trata solo de un estudio científico realizado dentro de un área protegida, sino de un proceso que involucró a especialistas, instituciones, guías locales, miembros del Consejo Consultivo y personas del territorio.
La participación comunitaria permite que la ciencia se transforme en educación ambiental, gestión local y herramientas para la toma de decisiones.
En tiempos de cambio climático, especies invasoras, presión turística y amenazas crecientes sobre las áreas protegidas, esta forma de trabajo colaborativo resulta fundamental.
El Parque Nacional Alerce Andino necesita investigación, pero también necesita que ese conocimiento sea compartido, comprendido y aplicado.
Proteger lo invisible para conservar lo que amamos
Los alerces son símbolos de longevidad, memoria ecológica y resistencia. Algunos ejemplares pueden vivir miles de años. Pero esta investigación recuerda algo esencial: la grandeza del alerce no está solo en su tronco, su altura o su edad.
También está en la red invisible que lo sostiene bajo tierra.
El ADN ambiental permitió revelar una biodiversidad mucho mayor de la esperada, detectar hongos desconocidos, comprender relaciones antiguas entre raíces y micorrizas, identificar señales tempranas de amenazas y destacar la importancia de la bioseguridad.
El mensaje final es simple y profundo:
cuidar el suelo es cuidar el bosque.
Bajo cada paso existe una red viva que sostiene al Parque Nacional Alerce Andino. Conocerla es el primer paso para protegerla.
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